Por los parlantes, media hora antes del partido entre Barcelona y Delfín el 24 de septiembre, una voz advierte: “Recordamos a la hinchada que está prohibido detonar explosivos, encender bengalas y arrojar objetos…”. El mensaje se escucha en la platea baja de la general sur del estadio Monumental, que va quedando con espacios vacíos como si los hinchas supieran que hay sitios que no deben ocupar. Dos jóvenes resaltan en medio de estos graderíos, uno trigueño con jean, gafas y gorra acomoda con una tarjeta un polvo en un papel que enrolla y fuma bajo el cielo nocturno. Su acompañante vigila.
Es el área de la barra Sur Oscura y sus más de veinte células con hasta 200 miembros cada una, según las webs del grupo fundado en 1995.
Faltan diez minutos para el partido y llegan de golpe los barristas que copan en cuestión de segundos aquellos graderíos. Algunos sin camisetas muestran tatuajes con escudos de Barcelona, hacen sonar los bombos. Unos saltan y cantan en coro, otros beben licor y fuman entre la multitud.
El olor a marihuana se esparce al iniciar el partido entre cánticos: “Una borrachera hoy me vo a pegar, una marihuana y una tola para variar”. A los 13 minutos de juego, un silencio momentáneo por el gol del equipo visitante es interrumpido con un “¡canta chu…!”, mientras empujan a los que, enojados por el resultado, callan: “Vamos, campeón, hay que ganar y matar a los azules”.
Son letras que están en blogs, cuentas de Facebook, en sitios de YouTube. Melodías en las que se intercalan imágenes de hachas y cartucheras sobre camisetas de las barras cuyos nombres delatan su origen: Vinces, Playas, Salitre…
Son cánticos al ritmo del rock argentino, lo que denota la influencia del fútbol de ese país, afirma Fernando Carrión, catedrático de la Flacso y autor de libros sobre fútbol.
Llega el entretiempo. Al olor a marihuana se junta el del seco de pollo que humea desde el bar debajo de los graderíos, entre la gente que pugna por comprar un plato. Unos comen y otros fuman ‘cigarrillos’ olorosos delante de niños.
Los asistentes tienen prohibido el ingreso de correas con hebillas, de objetos cortopunzantes o consumir sustancias psicotrópicas en lugares públicos como un estadio, pero la evidencia indica que el control es insuficiente.
El coronel Fausto Salinas, encargado en la Policía de las barras bravas, señala que “las peleas entre (los miembros de) las mismas barras es por liderazgo y por el microtráfico, se disputan los espacios en las gradas”. A ello se suman las disputas entre facciones por ciertos beneficios como acceso a entradas, según indica.
Una de estas grescas se dio el 5 de febrero pasado. Varias facciones de la Sur Oscura se enfrentaron: 41 personas resultaron heridas, una de ellas fue apuñalada. La Policía detuvo a Marlon J. E., sentenciado a tres años y seis meses de prisión en agosto.
Carrión indica que se conoce muy poco sobre las barras y ello ha creado “estigmas y falsas salidas en las que se buscan chivos expiatorios como los mismos hinchas”.
“No es fácil entender la violencia en este caso de las barras porque está muy vinculada a las formas de organización de pandillas, a la estructura de los mercados ilegales de las drogas, armas blancas o de fuego”, asegura Carrión.
El especialista agrega que en el país no hay políticas al respecto. “Es absurdo encontrar armas blancas o de fuego dentro del estadio. Hay sistemas de control como los pórticos que hay en los aeropuertos que detectan hasta el paso de una llave. Debería exigirse que los estadios los tengan”, afirma.
Era una jornada laboral de viernes de agosto pasado. Decenas de jóvenes, algunos en bermudas o pantaloneta, empiezan a reunirse desde las 16:00 en las inmediaciones del estadio Capwell, en el centro sur de Guayaquil. Unos bebían licor mientras ondeaban banderas alusivas al Club Sport Emelec.
Los policías en caballos acordonaron el escenario deportivo. Un joven con gorra lanzó un bulto cubierto en una mochila que otro hombre intentó recoger desde el interior en la general de la avenida Quito. Los uniformados hicieron el ademán de perseguirlo, pero el joven cruzó la calle y se perdió entre la multitud. El grupo finalmente ingresó diez minutos antes del inicio del partido, aglomerándose en la entrada.
En el interior tenían el espacio asegurado. Quienes entraron antes sabían que una porción de los graderíos era para los miembros de la Boca del Pozo, barra creada el 25 de julio de 1980 por Giusseppe Cavana Chávez (+) y conformada por 60 grupos, según Federico Rabascall, quien se presenta como colíder y asesor jurídico de la agrupación como miembro de Anarquía. Él junto con Giuseppe Cavanna Jr. son hoy las figuras visibles tras el fallecimiento del fundador, en enero pasado.
Los minutos pasan. Emelec empataba contra Macará y desde la general de la avenida Quito se escuchaba: “Marihuana no me faltará, tampoco fe, soy de esta hinchada que es de puro corazón, soy de Emelec”.
Sostenidos con sogas, decenas se mantienen al borde de los graderíos. Gritan, cantan, mientras un grupo de jóvenes saca papeles blancos de sus bolsillos con una sustancia verdosa. Lo enrollan, forman un cigarrillo y fuman. Un vendedor de fundas con agua voceaba algo muy diferente a lo que se veía que tenía: “Pilas con tu botella, varón, solo cinco latas”. Un cliente se acerca y el hombre saca del fondo de un balde una botella con aguardiente envuelta en una funda negra.
Son situaciones captadas en videos de alta resolución por las cámaras del renovado estadio. Esto les ha permitido desde la detección de una persona que distribuía drogas en los graderíos con un canguro hasta otro que portaba una navaja, cuenta Euclides Mantilla, jefe de Seguridad de Emelec.
Otro de los problemas que se evidencian es el conflicto entre los líderes de la barra, asegura Mantilla. “Nos hemos reunido con la Policía y con las hinchadas, que a veces son antagónicas porque se han creado grupos o subgrupos que quieren ser el uno más importante que el otro”, sostiene.
En los videos se observa que Rabascall intenta mediar entre quienes sacan correas con hebillas, pese a que su ingreso está prohibido. En el exterior también se dan enfrentamientos. La Fiscalía investiga el asesinato de Junior Junes Márquez, ocurrido en la madrugada del 22 de octubre pasado en los alrededores del Capwell.
Rabascall cuenta que “hay un grupo que quiere desestabilizar la barra” usando la violencia. “Esto tiene un antecedente histórico que se remonta desde hace 16 meses hasta acá”, relata. Se trata, según él, de “once o doce cabecillas que quieren darle una mala imagen a la Boca del Pozo… Los conflictos iniciaron en la calle y ahora se han trasladado hasta el interior del estadio”, dice.
Rabascall agrega que quienes provocan estas riñas no forman parte de la organización. “Queremos ir en un número cercano a los diez mil hinchas” al Clásico por jugarse en el Monumental el miércoles próximo, por lo que piden a la dirigencia de Barcelona que les asignen la tribuna este. Y esperan que la Policía les permita el ingreso de los instrumentos de la murga al Capwell. Esta última fue una de las sanciones establecidas.
Fuente: eluniverso.com
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Categorías:Actualidad
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