Como un vendaval, el modesto Independiente del Valle consiguió en poco tiempo lo que otros equipos de Ecuador de más trayectoria y poder no han logrado en décadas: encarnar la ilusión de los hinchas locales y llegar a la final de la Copa Libertadores tras apenas seis años en el profesionalismo.
En pocos meses, el equipo -fundado en 1958 como un club de amigos en Sangolquí, un cantón a las afueras de Quito- sumó una hinchada tan grande como la que acompaña a la selección en el Estadio Olímpico Atahualpa en sus partidos por la eliminatoria sudamericana al Mundial.