Víctor Peláez, ‘el último mohicano’ de Barcelona

Si la literatura clásica pudiera hallar analogía en el balompié ecuatoriano, ‘El último mohicano’ (1826) de James F. Cooper encontraría en Víctor Hugo Peláez (Guayaquil, febrero 12 de 1947) al personaje que le daría nombre a la célebre obra.

Cooper bautizó como Uncas, en su novela, al último hombre nacido con pura sangre de la valiente tribu amerindia de los mohicanos. ‘Cepillo’, en cambio, es el sobrenombre que eterniza en la memoria a quien fuera recio e inamovible marcador de punta de Barcelona por 13 temporadas (1967-1979) y que en los albores de 1980, el 24 de febrero, puso fin –en una emotiva despedida– a un legado criollo de símbolos toreros del que destacan nombres como Sigifredo Chuchuca, Pablo Ansaldo, Clímaco Cañarte, Vicente Lecaro, Luciano Macías, Alfonso Quijano, Walter Cárdenas, Washington Muñoz y otros.

“No sé qué decir al dejar a mi equipo luego de 14 años”, se sinceró Peláez, entonces de 33 años, cuando la directiva del club lo homenajeó en el mismo estadio Modelo que le cobijó en su debut. Cuatro décadas pasaron. ¿Encontró ya las palabras? “Al fútbol le agradezco primero, porque me permitió educar a mis cinco hijos, y a Barcelona, mi vida, toda mi vida; porque yo nací en Barcelona, no llegué de otro equipo”, dice en entrevista con diario EL UNIVERSO.

No respondía a ‘Cepillo’ aún cuando empezó su historia. Era apenas un muchacho de Av. del Ejército y Capitán Nájera, centro de Guayaquil, que un día fue corriendo al Parque de la Victoria a que le tomaran cuatro fotos en blanco y negro con las que se federaría en el club de sus amores. Asegura recordarlo bien: “En 1964, Barcelona organizó un torneo barrial en el que participaron unos cien equipos y a un vecino le pareció buena idea armar un grupo. En el Reed Park, el Tano (Eduardo) Spandre y Enrique Pajarito Cantos me vieron en el primer partido. Sé que lo hice bien y entonces me preguntaron si quería integrar las juveniles del equipo. Y yo: ‘¡Encantado!’”.

Recio, aguerrido

Pinitos como defensa central lo llevaron a ser seleccionado juvenil dos veces. También llegó luego a mayores. Su ascenso al primer plantel de Barcelona se dio en 1967 en sustitución temporal del ‘Rey’ Quijano, impetuoso marcador que debió alejarse unas semanas del fútbol por una afección hepática, según reportó este Diario.

“Alcancé a compartir con la Cortina de Hierro: Lecaro, Macías, Quijano y (Miguel) Bustamante. Era suplente de ellos”. Cantos, desde el interín del banquillo, le dio la gran oportunidad; con Jorge Lazo Logroño se afianzó y Otto Vieira lo volvió ambivalente.

Yo decía ‘si mi papá juega, le doy patada’ (entre risas). Yo no respetaba a nadie (en la cancha). Me conocían como un aguerrido que, sin embargo, nunca dio mala imagen. Víctor Hugo Peláez, exmarcador de punta de Barcelona

Para quienes no vieron a Peláez es útil el retrato que le hace el historiador Alberto Sánchez Varas: “Un marcador implacable. No se destacaba por su físico y era bajo, pero era muy ágil. Fuerte al entrar, mas nunca lesionó de gravedad a nadie. Se hacía respetar. Resaltó como marcador derecho, aunque hizo las veces por izquierda”.

Es una valoración que ‘Cepillo’ –como le llamó por su dureza el desaparecido Pablo Vela Córdova– aprueba. “Yo era recio. Más marcador que lateral ofensivo, lo contrario de los tiempos actuales. La posición se llamaba marcador de punta, entonces marcaba al punta. Me conocían como un tipo aguerrido. Yo decía ‘si mi papá juega, le doy patada’ (entre risas). No respetaba a nadie (en la cancha)”.

Al borde de la norma

También –e incluso más– se lo recuerda con humor por su picardía al imitar el silbido de los árbitros en medio de las acciones de los atacantes rivales: “Virtud que me dio el Señor”.

“Había árbitros, como Elías Jácome o Eduardo Rendón, que se molestaban y me sacaban amarilla… ¡incluso antes de jugar! Ya me conocían. Me decían: ‘Víctor, pitas y te sacamos amarilla’. Pero yo no podía evitarlo, era costumbre, una virtud que adquirí”, rememora entre risas en una sala de la clínica Guayaquil.

Su reposo no evita que se ría mientras relata una de sus tantas intervenciones “salvadoras” –como las denomina– frente a Wilson Nieves, puntero de El Nacional entre 1972 y 1979, en el Modelo. “José Villafuerte envió un balón por dentro y Nieves corría solo hacia el arco de Máximo Vera. Yo ya no iba a alcanzar a Nieves, pegué el pitazo y… ‘¡¿Cómo?! ¡¿Qué?!…’. Se detuvo Nieves y no entendía por qué. Vera la atrapó enseguida”.

De 600 sucres a una casa

A más de ser bicampeón nacional con Barcelona (1970-1971), ‘Cepillo’ destaca entre sus anécdotas la importancia del ‘Chanfle’ Muñoz en su carrera. Que era él quien se quedaba dos horas después de las prácticas ayudándole a perfeccionar sus célebres zapatazos, cuenta: “Yo me ubicaba en el arco y él me pateaba tiros libres. Así nos entrenábamos. También nos retábamos con abdominales. Nos preparábamos bien y por eso jugadores como nosotros tuvimos la suerte de estar tantos años en el club. El cuidado personal era muy importante”.

También por el histórico goleador canario, Peláez obtuvo su primer sueldo. “Un directivo, Rodrigo Icaza, me vio destacar en las reservas y preguntó quién era yo. Fue cuando Muñoz, entonces figura del equipo, dijo que yo no ganaba sueldo y que ‘ya debería ganar’. Gracias a él empezaron a pagarme 600 sucres mensuales, que era buen dinero”.

Aquella noble deferencia la devolvió ‘Cepillo’ cuando decidió retirarse del profesionalismo a los 32 años. Jugó una campaña más por insistencia del presidente José Tamariz: una molestosa y persistente contractura de espalda le llevó a ceder. “Me impedía seguir jugando al nivel que quería. Me dije ‘para estar en este camino, ganando un sueldo sin jugar al máximo, es mi voluntad retirarme’”.

En su adiós, antesala de un amistoso contra Olimpia de Paraguay (0-2), recibió la recaudación de la taquilla: “Es con lo que tengo mi casa en la ciudadela Alborada (norte)”.

Hoy, Peláez –que en 1980 continuó “un par de meses” en 9 de Octubre por llamado del dirigente Omar Quintana, su ‘padrino’, y años después dirigió a clubes menores de Primera– sigue atado al fútbol. Posee una escuela formativa en Santa Elena, donde vive.

Los años no lo ‘cepillan’ a él y el silbido… aún resuena.

Fuente: eluniverso.com



Categorías:Actualidad

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