Estados Unidos, campeón de la Concacaf Nations League tras vencer a México

El partido ‘quintaesencial’ de la rivalidad más encarnizada de Concacaf. Acaso, del mundo, con el perdón de otras trifulcas geopolíticas. Una noche para la eternidad, el partido definitivo entre México y Estados Unidos; una delirante prórroga protagonizada por surrealistas interpretaciones del VAR, el colérico penalti in-extremis de Pulisicuna climática falla de Andrés Guardado desde el punto de cal, un héroe desconocido, escaramuzas varias, y un trofeo que terminará en las vitrinas de US Soccer por vez primera desde 2017. Estados Unidos, épico campeón de la Nations League, entre el caos y la historia.

No fueron pocos a los que el gol de ‘Tecatito’ les pilló en los pasillos del legendario Empower Field con un vaso de cerveza en cada dedo. Primero, embrujó a McKennie con un caño ‘riquelmezco’, no claudicó cuando McKenzie le marcó el alto, le birló la pelota y enfiló hasta encañonar a Steffen, quien solo sintió la estela del proyectil rasurando sus mejillas. Réplica instantánea: Sargent invadió los terrenos de Gallardo, pero entregó su querella a los pies de Ochoa, un arquero del Colorado Avalanche.

El partido estaba roto de origen. Los carriles de ambos equipos se convirtieron en auténticos ‘freeways’ sin peaje para Antuna, Corona, Dest y Yedlin. Oleadas tan violentas como los vientos rabiosos de las tormentas invernales de Denver. Un hermoso caos bajo la tupida cortina de agua que se corrió para inaugurar el partido. En medio de la anarquía, Herrera pinchó la pelota y Moreno la cabeceó con furia hacia las redes. El VAR, tan minucioso como los controles sanitarios aeroportuarios, tan cruel como una inspección de cavidades, halló elementos suficientes con microscopio electrónico para borrar el gol de los registros. La deliberación envalentonó al ‘Team USA’; McKennie, un rascacielos, conectó al poste derecho de Ochoa y Reyna no tuvo piedad del sentenciado guardameta.

Hermoso caos, habíamos advertido. Un partido sonorizado por Silvestre Revueltas y George Gershwin a intervalos. Platillos, cuerdas, metales. Pum. Bam. Sin ton ni son, pero tan bello sonido. El tiro de Reyna que Sargent no firmó. El desborde de Antuna y Lozano, con la pelota en la espuela, que remachó por mera inercia. La caricia de ‘Charly’ Rodríguez, una parábola que alabaría John Elway, el desmarque ruptura de Lozano, y el tiro final que rebotó en el mentón de Steffen. El carnaval de ‘Tecatito’, quien, a partir de ahora, morará en el subconsciente de McKennie y le torturará entre sueños por el resto sus días. La diligencia de ‘Chucky’ como ‘falso nueve’, flotando a placer entre Brooks y McKenzie. La fantasía de Héctor Herrera para conjurar los controles de McKennie y Acosta. Un partido tan inmenso como las nevadas cordilleras de Aspen y Beaver Creek.

Martino y Berhalter pactaron un cese de hostilidades hasta que ‘Charly’ apuntó a la escuadra y envió a la publicidad electrónica. Entonces, Pulisic rompió el patrullaje de Araujo, McKennie acuchilló a Moreno y Álvarez, y Ochoa desenterró la mina terrestre; Sargent, acaso un agente infiltrado, hizo el trabajo sucio. Y ocurrió el rutinario milagro de Ochoa: cabezazo salvaje de McKennie, uno más (premonición), y manotazo de la cosecha Brasil 2014. Las autoridades del condado de Denver ya sopesan reemplazar la estatua de Pat Bowlen con una figura bañada en bronce que inmortalice el enternecedor vuelo de ‘Memo’. En el Empower Field nació un tornado de los alaridos de cada aficionado en éxtasis. El bellísimo caos.

Lainez como una descarga eléctrica. Martino optó por el extremo del Betis para explotar los dominios de Yedlin, soberanía en disputa. El plan funcionó. En su primera aparición, Lainez perforó el pozo hasta topar con corteza. En la segunda, tomó atajo hacia la línea frontal en lugar de explorar los confines, amagó, amagó, amagó, y fusiló por bajo a Horvath, inesperado sustituto del maltrecho Steffen. ¿Jaque mate? No, amigos míos, esto es el ‘Clásico de la Concacaf’. ‘Chaka’ Rodríguez, trágicamente dadivoso, se enredó con la pelota como un beodo con sus pantalones; captura segundos antes de desgracia. Y, así como Ochoa es inevitable, también lo fue Weston McKennie; del cuarto aviso por alto no tomaron nota Moreno ni Araujo. Un gol con un prólogo de 90 minutos. Horvath abortó el amenazante disparo de Lozano, que ya anunciaba trayectoria truculenta hacia las redes laterales, cuando el público decidió volver a participar activamente del destino del partido. John Pittí fue en extremo condescendiente con el espectáculo y no forzó el protocolo anti-discriminatorio, para alivio de Concacaf, las transmisiones televisivas, y los corazones frágiles.

Tiempo extra. Un macabro flashback a la Copa Concacaf 2015. Estados Unidos soportó con ahínco y disciplina, pero sin combustible, mientras México amenazó sin infringir un terror verdadero. Más terror recorrió la caseta de Martino cuando Herrera partió a Tim Weah. Pittí tomó nota, pero se guardó la sentencia. Guardado, que ingresó para repartir paños fríos por el centro del campo, sumó más en los rankings históricos que sobre el césped (164 partidos, a la caza de Claudio Súarez).

El protagonismo del VAR

Lo único que le restaba al Clásico, que el VAR entrara en acción. Pulisic encontró un resquicio entre Salcedo y Gallardo; Salcedo mutó en muro de contención y Pittí encontró delito en la alquimia. El penalti de Pulisic fue tan perfecto, tan furioso, que hizo inútil otra plástica estampa de Ochoa. ¿Hay más? Claro que sí, amigos míos, que el VAR no tiene límites, ni éticos ni sentimentales. Orbelín, el corazón por delante, sangre azul, extendió la pelota desde un tiro de esquina suplicante a la mano de McKenzie. Pittí se sometió a una sesión de diván antes de su deliberación. Penalti. Algarabía. Y el fútbol es eso, el contraste, la catarsis, el vaivén emocional y hormonal. La sangre fría que le recorrió las venas a Guardado en la Copa Oro 2015 ebulló. Horvath, el inesperado héroe de la noche.

El partido terminó en aquelare. El césped nos parecía verde, pero, en realidad, las llamas del infierno abrazaban a los jugadores. Otro poco y la final termina a pies del Castillo de Chapultepec. Una triste lluvia de proyectiles y líquidos corporales descendió de las gradas para ‘bendecir’ la victoria estadounidense, primera vsobre México en una final desde 2007. Un partido eterno e infernal. Un bellísimo caos.

Fuente: mexico.as.com



Categorías:Actualidad

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