64 años después, Uruguay llega al Maracaná lleno de ira

El fantasma de sábana celeste con un 50 a la espalda que asustaba a los ciudadanos de Río de Janeiro ya es real: como anticipó una marca deportiva, Uruguay volverá a jugar mañana un partido de un Mundial en el estadio Maracaná, escenario hace 64 años de la mayor gesta del país y de la mayor tragedia deportiva de Brasil.

El momento, sin embargo, no será todo lo feliz que deseaba Uruguay, que mañana se enfrentará a Colombia en octavos de final sin su gran estrella, Luis Suárez, sancionado por morder al italiano Giorgio Chiellini. Al problema de suplir al mejor jugador se le une la indignación por lo que el equipo celeste cree un castigo injusto.

«A nosotros no nos detendrá nada», dijo el capitán, Diego Lugano, líder de un equipo sin su mejor jugador, pero más compacto que nunca para combatir a Colombia y a otro enemigo externo menos visible.

Sesenta y cuatro años después, Uruguay llega al Maracaná lleno de ira.

«Aquello se terminó. Aquel era otro mundo», dice el seleccionador, Óscar Tabárez, recordando que ha pasado mucho tiempo desde el «Maracanazo» con el que Uruguay «robó» a Brasil en su propia casa el Mundial de 1950.

Tabárez tiene razón. El Maracaná del sábado nada tiene que ver con aquel del 16 de julio de 1950 en el que oficialmente 173.850 personas pagaron su billete. Muchos otros no pagaron, pero lo vieron igual.

«Ese día habría unas 220.000 personas», casi el diez por ciento de la población de Río en esa época, dijo el brasileño Joao Havelange, que fue presidente de la FIFA entre 1974 y 1998 y que estuvo presente en el partido decisivo.

Dos de esos 200.000 hinchas se suicidaron tras el triunfo del conjunto celeste. «Sólo tres personas han hecho callar al Maracaná: Frank Sinatra, el Papa y yo», presumió años después Alcides Ghiggia, autor del segundo tanto en el 2-1 de Uruguay.

«Será muy lindo jugar en el Maracaná, tiene mucha historia para los uruguayos», dice el centrocampista uruguayo Gastón Ramírez, una respuesta intrascendente para salir del paso, reflejo de que para la nueva generación, el «Maracanazo» es una vieja historia en blanco y negro.

No lo es para el capitán, Lugano, de 34 años y que trabaja a contrarreloj para recuperarse de las molestias en la rodilla que le impidieron jugar el segundo y tercer partido de la primera fase.

«La única Copa del Mundo que se jugó en Brasil fue ganada por Uruguay. Por la historia y por la leyenda, era una obligación para nosotros estar aquí», señaló Lugano en su cuenta de Twitter (@DiegoLuganoorg) en referencia al Mundial de 1950. El capitán quiere avivar el recuerdo para insuflar motivación extra.

«Es una mística que intento inculcar, que hay que disfrutarla y aprovecharla. Esa historia la tiene sólo Uruguay; no la tiene ni la poderosa Alemania, ni la poderosa España ni la poderosa Argentina», afirmó Lugano en una reciente entrevista con la revista El Gráfico.

«Me gustaría que la final fuera otra vez Brasil-Uruguay», dijo en diciembre antes del sorteo Ghiggia, de 87 años, único superviviente de aquel equipo y presente ahora en el segundo Mundial en Brasil.

El deseo de Ghiggia no será posible para la final, pero quizás sí antes. Si Uruguay vence a Colombia, mantendrá vivo el sueño de volver al estadio para el duelo decisivo del 13 de julio. Para ello, debería eliminar al anfitrión en un hipotético encuentro de cuartos de final en el estadio Castelao de Fortaleza. Brasil se mide con Chile en octavos.

Ese eventual enfrentamiento tiene el aliciente de la sanción a Suárez. «La sanción es justa», coincidieron las leyendas brasileñas Ronaldo y Zico. Lugano señaló directamente a las presiones de Brasil y de Inglaterra. «Hay peligro de que sea el crack de la Copa y que lleve a Uruguay a sus espaldas. Hay miedo de los adversarios», dijo antes de conocer el castigo el capitán, que comparó el mordisco con el impune codazo del ídolo brasileño Neymar al croata Luka Modric en el primer partido del Mundial.

«Nunca más se va a repetir algo así. Es un contexto irrepetible», afirmó Lugano sobre el «Maracanazo».

Nada será comparable a aquello, pero un triunfo de nuevo en ese estadio puede ser el anticipo de un «Castelazo» el 4 de julio. Brasil tiembla con la posibilidad. El fantasma ya está en Río.

Fuente: DPA



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